Siempre con los marginados
Cuentan
los textos sagrados que uno de los días, en que Jesús predicaba a orillas del
Mar de Galilea, se le acercó un escriba para prometerle que le seguiría adonde
Él fuese, a lo cual respondió: “Las
zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre
no tiene dónde recostar la cabeza.” (Mt 8, 18-22, Lc 9, 57-62)
Desde el mismo momento en que el Señor comienza
su vida pública, abandona su hogar y nace la vocación itinerante de lo que
luego sería la Iglesia
de Cristo. La Iglesia
peregrina. Esta idea y esta inclinación a estar fuera de casa, a estar in itinere está en el cultivo de la
semilla del propio nazareno, y es parte esencial de lo que el maestro denomina
“el reino de los cielos”.
El Papa Juan Pablo II, el peregrino de la paz,
decía al respecto, que la misión de la Iglesia siempre era salir a buscar al pecador, a
tender puentes y a llevar la voz de Cristo al mundo. Y, también el Papa
Francisco, ha salido como el pastor que busca a sus ovejas allá donde se
encuentren perdidas. No en vano su cruz, su cruz de latón es la del “Buen Pastor”, y desde que inició su
pontificado ha querido transmitir la idea de una Iglesia que sale afuera, que
nunca se recoge: “La Iglesia
es en salida, o no es Iglesia”.
Pues bien, esta característica intrínseca en la
vocación de los primeros cristianos tiene una doble dimensión. No sólo la de
recorrer al mundo para llevar el Evangelio a cada confín, sino la de abrirse al
marginado, al que se queda al margen del sendero, el olvidado. Aquellos que
constituyen el negativo fotográfico de la imagen de la sociedad. El Hijo de
Dios vino al mundo para llamar a los pecadores, no a los justos, (Lc 5:32),
ello le causó las insinuaciones de los fariseos y maestros de la ley, de la parte
más hipócrita de la sociedad de su tiempo. Por ello, no cabe duda de que la fe
en Él y en su Palabra nos hace dar un cambio radical a la forma de entender
nuestro mundo, lejos de la comodidad, de los prejuicios, y de la mirada altiva
o falsa hacia el hermano.
Es cierto, que la Iglesia y sus
instituciones han tenido ese ingrediente esencial en su ADN, a lo largo de los
siglos -si bien con desigual relevancia-; pues hasta hoy en día ha mantenido
una red asistencial y de acogida, imprescindible, y que muchas veces debía
estar en manos de los propios organismos públicos, a los que sale al rescate,
continuamente. Pero, sin olvidar la siempre útil mirada crítica a nuestro
pasado y presente, no debemos obviar que la actitud del cristiano de a pie, del
común de los bautizados, no siempre es edificante, ni acorde con el ejemplo de
Jesucristo
Nuestra conducta sólo puede enfocarse de una
manera, la de los brazos abiertos. La respuesta nítida al marginado y sus
necesidades, la ayuda al sin techo, la acogida al refugiado, la asistencia al
preso, la compañía al enfermo, al dependiente. No cabe otra vía. Cierto que es
difícil, que a veces es muy complicado. Cierto que hace falta valor, pero no
hay otra forma de entender nuestra religión, ni de que ésta tenga el sentido de
sus palabras y de su vida.
Cuántas veces hemos mirado de soslayo al
indigente, al que vive en la calle, al que no tiene donde dormir… Cuántas veces
se nos olvida que podría ser nuestro propio hermano, que lo es, o nosotros
mismos. Y cuánta culpabilidad sentimos al hacerlos sentir invisibles…
Hace falta valor, para estar con el débil y no
con el poderoso, y esto es aplicable a nuestras propias miserias, a nuestros
entornos más domésticos. Cuántas veces presenciamos como se paga con el más
frágil, las deudas que se tienen con el más fuerte… Cuántas veces se callan
cosas, que se le echan en cara, precisamente al más indefenso a aquel que más
merece nuestra comprensión, protección y ayuda…
Nuestro Dios, que también fue un refugiado, era
aquel al que veían con leprosos,
vagabundos y pecadores. Nunca nos olvidemos. Sólo con esa mirada limpia, sólo
con los brazos abiertos, podremos seguirle, como aquel escriba adónde Él
quiera….
Carlos Castro Arroyo
Mayordomo segundo
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